jueves, 26 de julio de 2007

Trago amargo para el hombre dulce



Nuevo como soy en esto, consideré adecuado perderme en la maraña confusa, y tan organizada en el fondo, que diferentes blogs tejen con sus recomendaciones cruzadas.

Empecé por uno que ya había visitado otras veces. Un blog me llevaba a otro, y un comentario de éste a otra página, que a su vez me proponía una nueva visita, y así en un circuito intrincado e inacabable. Se agotaron todas mis reservas de piedrecitas blancas con las que marcaba el camino para recordarlo y rehacerlo si quería, así que me sería imposible ahora recordar qué opción tomé en cada uno de los enormes cruces de caminos que encontré en mis pasos.

Una de las más remotas y ocultas estaciones de esta enrevesada singladura reclamó especialmente mi atención. Era un blog de poesía, de un solo autor.

Vaya por delante el reconocimiento de mi más absoluta ignorancia y total falta de aptitudes para el género poético. Así que los comentarios que haré respecto a este blog no llegan ni a la categoría de opinión, sino sólo de sensaciones infundadas, sin contraste objetivo alguno, pura intuición indocumentada.

Las primeras poesías que leí en ese blog me llamaron poderosamente la atención. Me pareció percibir un uso diestro y vigoroso del lenguaje y hasta reconocer metáforas e imágenes meritorias, una adjetivación original y sugerente. No vi abuso de lugares comunes, expresiones manidas, ni recursos evidentes.

Sin embargo, cuando, francamente interesado, empecé a profundizar en la obra poética allí expuesta, encontré motivos de decepción.

Todo el blog, una ingente obra de largos meses de duración e intensa frecuencia de producción, es un enorme homenaje a la que parece ser una única mujer de quien el poeta se muestra profundamente enamorado, admirador incondicional, amante incombustible.

Ninguna otra idea que la devoción por aquella desconocida y única musa. Ningún otro sentimiento que un amor rendido, sin matices, plano, puro lirismo inocente, infantil. Sin el veneno de la duda o los celos, sin presencia de dolor o temor al rechazo, sin especulaciones sobre el vacío de la ausencia, sin referencias a un futuro imaginado, sin una evolución o elaboración de las emociones, sin el toque de momentáneos distanciamientos irónicos y desdramatizadores, ni el mínimo asomo de inseguridad en la calidad de las rimas y de su efecto en la amada y demás lectores, ninguna concesión a un elemental sentido del ridículo, aunque sólo fuera a modo preventivo. Las mismas ideas infinitas veces masticadas y regurcitadas para volver a ser masticadas y regurcitadas.

Nada del autor. Nada de él como persona poliédrica, compleja, contradictoria. Ninguna presencia de su personalidad en la pasión que nos describe. Sólo un amor canino, un amor no ya ciego como dice el tópico, sino directamente descerebrado; no comunicado, sino sólo impúdicamente exhibido.

La producción, de brutales dimensiones. Meses y meses a razón de dos poesías semanales de longitud considerable. Demasiado para la innovación, tanto para destilar el fondo —en la elaboración racional, profundización, contextualización y análisis de las emociones—, como para la forma —en la renovación de los escenarios, las imágenes o los adjetivos. Poco tiempo dedicado a enriquecer el mensaje y a mejorar su plasmación. Pocas relecturas, pocos matices, pocas reescrituras. Pocas dudas. Pocas preguntas y una única y monótona respuesta.

De un ejercicio de expresión emocional a través de la poesía, pasé a contemplar un monumento literario a la autocomplacencia. El amor y la amada se me aparecían ahora como meros pretextos usados por el autor para para distinguirse o setirse distinto, para aspirar a ser alguien especial, para satisfacer la propia vanidad o quien sabe si sólo mantener un hilo de autoestima. La poesía, un ejercicio de impostura, un vehículo para el lucimiento. Y las emociones descritas parecían extraídas a hachazos, rebuscadas a conciencia, plasmadas sin la mínima contención o reelaboración, engañosas como una voz en falsete, superficiales y magnificadas, obtenidas con artificio, como náuseas forzadas tras hurgar con los dedos en fondo de la garganta.

Quizás esto nos afecte a todos. Quizás tras cada acto de abnegación por amor, tras cada demostración de leltad o generosidad, bajo cada elogio y cada promesa dirigidos al ser amado, tras las palabras dulces y las emociones encendidas, sólo haya, en el fondo, autocontemplación condescendiente, la resolución de la ineludible necesidad de obtener una autoimagen satisfactoria, reforzada si es posible por la aceptación y el elogio de los demás y parapeto tras el que ocultarnos si nos humillan con la indiferencia.

Y el hombre dulce duda. Y se plantea si la hipotética dulzura con que obsequia a quienes ama no es sólo un regalo para su propio paladar, para la exclusiva degustación íntima, sólo un juguete para estimular en sucesivos actos de onanismo emocional una autoestima voraz sostenida en la autocondescendencia y sedienta de la aprobación de los demás al precio que sea. Quizás el hombre es dulce sólo para ser algo. Quizás es dulce porque no sabe ser nada más para nadie. El hombre dulce quizás se engaña y quiere engañar con una ficción enfermiza, con una impostura permanente.

Ufano de sí como sólo lo están los muy imbéciles, embebido en su vanidad, macerado en estupidez, patéticamente soberbio, el hombre dulce osa juzgar a otros de delitos de los que él mismo se ha absuelto graciosamente sin proceso alguno. Enmedio de su confusión mental, el hombre dulce la toma con un desconocido poeta que nada le ha hecho, evalúa sus composiciones sin saber nada de poesía, acusa al hombre enamorado sin conocer nada de él, y lo dibuja en una caricatura grotesca sin haber visto jamás sus reales facciones.

Hombre dulce, deja de pensar que el mundo está equivocado, o que tu delicada sensibilidad es incomprendida, o que tu ternura es injustamente ignorada y tus razones no escuchadas. Empieza a plantearte que tu eres el fraude. Tu dulzura ha sido despreciada por los muchos de los labios a los que has querido darla a beber. Muchas veces has tenido que tragártela tu mismo a desgana, convertida ya en un trago rancio con aroma pútrido a rechazo. Posiblemente es lo que mereces. Por ser un fraude. Por no ser nada. Supón que el mundo no está tan ciego, sino que tu eres invisible.


lunes, 16 de julio de 2007

"Me haces temblar"

Distintas mujeres, un escaso número, en ocasiones diversas en mi vida ya ni corta ni larga, me han ofrecido el inmenso don de temblar de deseo por mí. Sólo unas pocas de ellas, además, tuvieron la extrema generosidad de informarme de ello de manera explícita. "Me haces temblar", recuerdo que una dijo algún día.

Reconozco con vergüenza que no siempre he sabido gozar en toda su tremenda belleza una circunstancia como la descrita. Hay múltiples factores que nos hurtan la vivencia plena y serena del proceso de seducción mútua y del nacimiento y eclosión del deseo correspondido. A veces, como en la adolescencia, un apetito voraz y un miedo atroz al ridículo, la inexperiencia, la centralidad de lo genital y hasta la urgencia tanto para aliviar tanta excitación como para superar lo que se percibe como una dura prueba en la que se pone en juego la autoestima y el prestigio personal. En otras ocasiones, la expresión franca del deseo hacia nosotros nos excita sólo la estúpida vanidad y si acaso nos informa de que está franco el paso hacia el objetivo codiciado, central, único, cegador.

Y lo que digo del deseo se puede hacer extensivo a una amplia gama de sentimientos. Recibir la estima de otros, obtener de los demás un afecto que nos hace sentir seres especiales, únicos, nos congratula y fortalece, nos suaviza el dolor e inclina a la alegría. Y, egoístas, nos centramos en ello, y sólo eso buscamos, y nuestros actos afectivos se reducen en el fondo a apuestas para obtener recompensas.

Pero el sentimiento de soledad sólo se auyenta completamente cuando aprendemos a gozar de manera consciente, deliberada, de la posibilidad de operar esta influencia benéfica en las personas que nos importan, y nos aplicamos a ello. Y no desde la vanidad, como un ser prepotente que reparte dones, sino sólo para disfrutar y agradecer la inmensa generosidad con que nos favorece quien decide premiarnos con su sensibilidad y acepta que nuestros actos puedan afectar su ánimo.

Lamentablemente, incluso en algunos de los mejores momentos de hermosas relaciones nos encerramos en nosotros y nuestros sentimientos, hasta el punto de ignorar la vivencia única de asombrarnos sin vanidad de los movimientos que provocamos en las fibras íntimas de otro ser humano, como el niño que se sorprende cuando se reconoce en el sonido que le devuelve el eco, y maravillado por tal misterio, intrigado por los matices nuevos que su voz ha cobrado en el viaje de ida y vuelta, entona las canciones más bellas que conoce, seguro que ya no se pierden un aire estéril, sino que un ser mágico y benéfico las recoge, las mejora y le muestra el resultado.

Quizás, por desgracia, somos tan ciegos y egocéntricos que sólo aprendemos a disfrutar del bien que podamos proporcionar a quienes amamos sin exigencia de más premio, cuando hemos sufrido por largo tiempo la humillación íntima, el dolor profundo, de ver que nuestros afectos no desencadenan más una fría indiferencia, cuando no rechazo o burla.



domingo, 8 de julio de 2007

El hombre dulce

Hace unos meses, alguien decidió llamarme "hombre dulce".

Posiblemente, seguramente, en otras circunstancias, en otros momentos de mi vida, esta expresión habría resbalado sobre mi piel sin provocar más que una sonrisa y un leve cosquilleo de legítima vanidad, un refuerzo sutil de la autoestima con escasas horas de vigencia.



Pero no fué así. Ese elogio me conmovió. Me llevó a comprobar si reconocía ese hombre dulce que tan inesperadamente se había plantado ante mis ojos; y saber cómo era ese hombre dulce que de repente hallé en mi interior. Decidí, después de demasiado tiempo, volver a pensar en mí, y recuperar aspiraciones íntimas ya olvidadas, arrancando capas y capas de protecciones y corazas, liberando aquella sensibilidad que, antaño, me llevaba a degustar cada instante, cada vivencia, con la máxima intensidad, bebiendo cada experiencia con avidez y sin miedos, concentrado sólo en su sabor. Abiertos los sentidos, libres los sentimientos, atento el intelecto.

Se desencadenó un proceso en que la memoria, la razón, los valores, las pasiones y los sentimientos se enzarzan en un diálogo frebril orientado a profundizar en las vivencias en vez de resbalar sobre ellas. Me autoricé a aceptar en toda su intensidad sensaciones por definición fugaces, indefinibles, inclasificables, contradictorias, y también me impuse la tarea de entenderlas, retenerlas, enriquecerlas y hasta reforzarlas con los instrumentos de la razón, con la oposición de una mirada crítica desde una obligada distancia.

Ni otras palabras entre las miles que manejamos y los millones de combinaciones que nos ofrecen, ni esta misma expresión en otro contexto o en otro momento, ni tampoco si hubieran sido dichas dichas por alguien que no fuera exactamente quien las dijo, habrían producido tal efecto en mí.

Este blog nace de estas palabras y de la manera como me llevaron a reactivar el movimiento de resortes herrumbrosos, trabados, pero en un aparato con mecanismos quizás nuevos o mejorados, quizás sólo evolucionados. Este blog nace de la necesidad íntima de escribir cuando pienso o de pensar cuando escribo, o de escribir para pensar. Este blog obedece a la estrategia, limitada pero posiblemente única, de utilizar las palabras para reconocer sentimientos y entrelazar razonamientos.

Dicho esto sé que en muchas ocasiones mis textos serán sólo memeces con aspiraciones, sólo imbecilidades pronunciadas con pretensiones vanas muy distantes respecto a la realidad de los resultados. Serán, sin embargo, mis memeces y mis imbecilidades, y por eso pueden ser útiles para mí. Y también puede ser útil para mí que alguien las comente y hasta se ría de ellas. De hecho, como medida higiénica, como profilaxis ante la posible contaminación por bacterias de la cursilería o la pomposidad, opondré por sistema la duda y la visión crítica, expresadas, cuando sea capaz de ello, con el distanciamiento que ofrece la ironía, especialmente sana cuando se dirige contra uno mismo.

Esta especie de justificación de mi decisión de iniciar este blog, con este indeseado aspecto de declaración de intenciones que por desgracia ha cobrado, tiene una virtud impagable, definitiva: puede modificarse o hasta eliminarse si con el paso del tiempo se demuestra que no sigo las líneas trazadas. Así podré adecuar los propósitos declarados a la medida de la realidad de los resultados, cosa que, cuando es posible, siempre es más fácil que conseguir objetivos inamovibles. Será una frivolidad, pero de lo que estoy más seguro es que no inicio este blog para complicarme la vida con autoexigencias innecesarias.