"Me haces temblar"
Distintas mujeres, un escaso número, en ocasiones diversas en mi vida ya ni corta ni larga, me han ofrecido el inmenso don de temblar de deseo por mí. Sólo unas pocas de ellas, además, tuvieron la extrema generosidad de informarme de ello de manera explícita. "Me haces temblar", recuerdo que una dijo algún día.
Reconozco con vergüenza que no siempre he sabido gozar en toda su tremenda belleza una circunstancia como la descrita. Hay múltiples factores que nos hurtan la vivencia plena y serena del proceso de seducción mútua y del nacimiento y eclosión del deseo correspondido. A veces, como en la adolescencia, un apetito voraz y un miedo atroz al ridículo, la inexperiencia, la centralidad de lo genital y hasta la urgencia tanto para aliviar tanta excitación como para superar lo que se percibe como una dura prueba en la que se pone en juego la autoestima y el prestigio personal. En otras ocasiones, la expresión franca del deseo hacia nosotros nos excita sólo la estúpida vanidad y si acaso nos informa de que está franco el paso hacia el objetivo codiciado, central, único, cegador.
Y lo que digo del deseo se puede hacer extensivo a una amplia gama de sentimientos. Recibir la estima de otros, obtener de los demás un afecto que nos hace sentir seres especiales, únicos, nos congratula y fortalece, nos suaviza el dolor e inclina a la alegría. Y, egoístas, nos centramos en ello, y sólo eso buscamos, y nuestros actos afectivos se reducen en el fondo a apuestas para obtener recompensas.
Pero el sentimiento de soledad sólo se auyenta completamente cuando aprendemos a gozar de manera consciente, deliberada, de la posibilidad de operar esta influencia benéfica en las personas que nos importan, y nos aplicamos a ello. Y no desde la vanidad, como un ser prepotente que reparte dones, sino sólo para disfrutar y agradecer la inmensa generosidad con que nos favorece quien decide premiarnos con su sensibilidad y acepta que nuestros actos puedan afectar su ánimo.
Lamentablemente, incluso en algunos de los mejores momentos de hermosas relaciones nos encerramos en nosotros y nuestros sentimientos, hasta el punto de ignorar la vivencia única de asombrarnos sin vanidad de los movimientos que provocamos en las fibras íntimas de otro ser humano, como el niño que se sorprende cuando se reconoce en el sonido que le devuelve el eco, y maravillado por tal misterio, intrigado por los matices nuevos que su voz ha cobrado en el viaje de ida y vuelta, entona las canciones más bellas que conoce, seguro que ya no se pierden un aire estéril, sino que un ser mágico y benéfico las recoge, las mejora y le muestra el resultado.
Quizás, por desgracia, somos tan ciegos y egocéntricos que sólo aprendemos a disfrutar del bien que podamos proporcionar a quienes amamos sin exigencia de más premio, cuando hemos sufrido por largo tiempo la humillación íntima, el dolor profundo, de ver que nuestros afectos no desencadenan más una fría indiferencia, cuando no rechazo o burla.