domingo, 8 de julio de 2007

El hombre dulce

Hace unos meses, alguien decidió llamarme "hombre dulce".

Posiblemente, seguramente, en otras circunstancias, en otros momentos de mi vida, esta expresión habría resbalado sobre mi piel sin provocar más que una sonrisa y un leve cosquilleo de legítima vanidad, un refuerzo sutil de la autoestima con escasas horas de vigencia.



Pero no fué así. Ese elogio me conmovió. Me llevó a comprobar si reconocía ese hombre dulce que tan inesperadamente se había plantado ante mis ojos; y saber cómo era ese hombre dulce que de repente hallé en mi interior. Decidí, después de demasiado tiempo, volver a pensar en mí, y recuperar aspiraciones íntimas ya olvidadas, arrancando capas y capas de protecciones y corazas, liberando aquella sensibilidad que, antaño, me llevaba a degustar cada instante, cada vivencia, con la máxima intensidad, bebiendo cada experiencia con avidez y sin miedos, concentrado sólo en su sabor. Abiertos los sentidos, libres los sentimientos, atento el intelecto.

Se desencadenó un proceso en que la memoria, la razón, los valores, las pasiones y los sentimientos se enzarzan en un diálogo frebril orientado a profundizar en las vivencias en vez de resbalar sobre ellas. Me autoricé a aceptar en toda su intensidad sensaciones por definición fugaces, indefinibles, inclasificables, contradictorias, y también me impuse la tarea de entenderlas, retenerlas, enriquecerlas y hasta reforzarlas con los instrumentos de la razón, con la oposición de una mirada crítica desde una obligada distancia.

Ni otras palabras entre las miles que manejamos y los millones de combinaciones que nos ofrecen, ni esta misma expresión en otro contexto o en otro momento, ni tampoco si hubieran sido dichas dichas por alguien que no fuera exactamente quien las dijo, habrían producido tal efecto en mí.

Este blog nace de estas palabras y de la manera como me llevaron a reactivar el movimiento de resortes herrumbrosos, trabados, pero en un aparato con mecanismos quizás nuevos o mejorados, quizás sólo evolucionados. Este blog nace de la necesidad íntima de escribir cuando pienso o de pensar cuando escribo, o de escribir para pensar. Este blog obedece a la estrategia, limitada pero posiblemente única, de utilizar las palabras para reconocer sentimientos y entrelazar razonamientos.

Dicho esto sé que en muchas ocasiones mis textos serán sólo memeces con aspiraciones, sólo imbecilidades pronunciadas con pretensiones vanas muy distantes respecto a la realidad de los resultados. Serán, sin embargo, mis memeces y mis imbecilidades, y por eso pueden ser útiles para mí. Y también puede ser útil para mí que alguien las comente y hasta se ría de ellas. De hecho, como medida higiénica, como profilaxis ante la posible contaminación por bacterias de la cursilería o la pomposidad, opondré por sistema la duda y la visión crítica, expresadas, cuando sea capaz de ello, con el distanciamiento que ofrece la ironía, especialmente sana cuando se dirige contra uno mismo.

Esta especie de justificación de mi decisión de iniciar este blog, con este indeseado aspecto de declaración de intenciones que por desgracia ha cobrado, tiene una virtud impagable, definitiva: puede modificarse o hasta eliminarse si con el paso del tiempo se demuestra que no sigo las líneas trazadas. Así podré adecuar los propósitos declarados a la medida de la realidad de los resultados, cosa que, cuando es posible, siempre es más fácil que conseguir objetivos inamovibles. Será una frivolidad, pero de lo que estoy más seguro es que no inicio este blog para complicarme la vida con autoexigencias innecesarias.